En la Ciudadela –mercado artesanal ubicado en el corazón de la Ciudad de
México–, don Pedro Ángel Urincho, un hombre que aprendió el oficio de su padre allá
en Santa María del cobre, Michoacán, abrió las puertas de su negocio, de su
vida, para delinear el contorno de las artesanías en un país con raíces
milenarias que se encuentra inmerso en un mundo cada vez más globalizado.
Lleva trabajando prácticamente toda la vida con la técnica del martillado, pues tuvo su primer contacto con el cobre a los ocho años, y en la creación de artesanías ha encontrado, no sólo un modo de vida, sino una gran satisfacción y una forma de conseguir sustento para cubrir las necesidades de él y su familia.
Lleva trabajando prácticamente toda la vida con la técnica del martillado, pues tuvo su primer contacto con el cobre a los ocho años, y en la creación de artesanías ha encontrado, no sólo un modo de vida, sino una gran satisfacción y una forma de conseguir sustento para cubrir las necesidades de él y su familia.
Llegué al negocio de don Pedro –cerrado aún– y lo esperé recargado en una de las dos mesas que tiene colocadas afuera de éste. Comencé a observar desde ahí todas las piezas artesanales que tiene a lo largo de la habitación: vasijas colgadas, pequeños ceniceros y adornos en el centro sobre mesas, floreros en estantes, cuadros de flores colgados en la pared, y comales enganchados en las escaleras. Algunas más prominentes que otras, pero todas llamativas por igual. Transcurrió aproximadamente un cuarto de hora más, cuando don Pedro apareció en la escena tan colorida del mercado artesanal.
– ¡Buen día, don Pedro! –exclamé– ¿Cómo está?
–Qué tal –respondió con un tanto de seriedad.
Entró a su negocio, y estuvo ahí un par de minutos; abrió las tres entradas con que cuentan los clientes. En seguida salió con un trapo blanco: se trataba del mantel que utiliza para cubrir las dos mesas que tiene afuera, en las cuales coloca algunas piezas, sobre todo jarrones.
–Si gustas, comienza a hacerme las preguntas mientras yo voy arreglando aquí afuera –agregó.
–Me parece bien –le respondí.
Preparé mi grabadora y pluma, me acerqué a él y expresé:
–Dígame, don Pedro... ¿para qué hace artesanías?
–El propósito principal es tener lo necesario para los gastos familiares; después de eso, es muy satisfactorio crear, darle forma y tamaño a alguna pieza de la manera en que lo hacemos tradicionalmente.
– ¿Cómo lo hacen tradicionalmente?
– En el martillado se ocupan fierros de acero... como éste, mira –señaló un tubo en forma de escuadra que estaba en el piso–. Hay fierros que están en forma vertical, otros en horizontal. Todas las piezas tienen forma curva, si te das cuenta. Manipulamos la escuadra hacia arriba con un martillo para que salga esa forma curva. La etapa del proceso se llama "serrar", para esto el golpe es aplastar y estirar; es decir, la forma de golpear al matillo lleva tres movimientos: pegar, jalar y mover la pieza para que vaya cerrando. Un movimiento es a la pieza y dos al martilleo. A diferencia del barro, por ejemplo –movió sus manos ásperas y obscuras hacia arriba, simulando estirar algo–, le hacen así en un torno... pues es lo mismo, pero, en vez de hacerlo con las manos, se hace con un martillo.
-¿Cómo organiza la fabricación de sus piezas?
Somos varios familiares: nos repartimos el tiempo. Entonces, un tiempo forjamos las piezas, y otro venimos a atender aquí. Cuando estoy aquí hago piezas muy sencillas; en el taller hay más herramientas: se puede trabajar con fuego en gran cantidad, ya que esto se hace con fuego básicamente.
–La práctica de esta actividad es totalmente familiar. ¿Cómo fue que usted comenzó a fabricar artesanías, don Pedro?
–El primer contacto que tuve fue alrededor de los 8 años, porque mi papá me llevaba con él a su taller en Santa María del Cobre. Desde chico comencé a relacionarme con él. Recuerdo que la primera vez me mandaron a limpiar una pinza, pero, como yo no sabía nada de esto, metí al agua incluso aquellas herramientas que no debían mojarse.
– ¿Y qué herramientas utiliza?
– En una pieza puede invertirse mucha mano de obra, mucho tiempo. A veces hay que crear herramientas que no existen, y desde ese momento comienza el procedimiento.
– ¿Cuánto tiempo le lleva aproximadamente la creación de una pieza?
–Varía... alrededor de una semana. Precisamente el tiempo es lo que determina el precio.
–Por ejemplo, ¿cuáles son las más baratas?
–Las piezas más sencillas son como esta charola –señaló una charola muy simple, sin pintura; no por ello desagradable–; de las más complicadas es aquel florero que está allá –era uno muy grande y pintado con franjas azules–. Todo eso se toma en cuenta para el precio.
– ¿Cuál es el precio de ese florero?
–Ése cuesta 2,700 pesos. Son varios días los que se necesitan para forjar ese florero... semana y media aproximadamente.
–Me imagino que también influye el precio del material, del cobre en este caso...
–Así es. El material lo reciclamos. Primero, visualmente, se separa, ya conociendo sus características: el color y la ductilidad. Por estos elementos se separa el cobre. Después se funde y, por diferencia de peso, los metales más livianos suben y el cobre baja; de esta manera se separan y se ocupa sólo este último.
– ¿Y cómo lo reciclan?
–Se recupera de las cabinas de motores quemados, luego se funde. Si se va algún pedacito de estaño u otro metal, a la hora de la fundición se separa porque cada uno tiene un peso. Lo que no es cobre se quita, porque la fundición, precisamente, hace que el cobre esté líquido; es como agua hirviendo. Al final se toma lo que queda arriba, que es como una nata; lo de abajo se desecha, y queda nada más el cobre.
–Actualmente estamos pasando por una situación difícil para millones de mexicanos: la escases de huevos, que, por lo tanto, tiene un precio muy elevando... entre 40 y 50 pesos más o menos. ¿Pasa algo similar con el cobre?
–Sí, porque anteriormente la extracción de los metales la realizaban personas, empresas mexicanas, ahora son otras compañías extranjeras las que realizan dicha actividad, entonces, ya es más costoso.
En ese momento, una pareja se acercó a la mesa en que estábamos charlando, y comenzaron a observar las piezas ahí colocadas; por su forma de hablar me di cuenta que eran caribeños. Sin dudarlo mucho, la señora tomó una pulsera de cobre y le dijo a don Pedro que se la diera. El precio era de 40 pesos. En realidad no era una pulsera con muchos recovecos y carecía de colores. La gran mayoría de las personas que llegaron al recinto artesanal, durante nuestra charla, era extranjeros. Don Pedro cobró, entró al negocio y en seguida volvió a mí.
–Don Pedro –pregunté–, ¿quiénes consumen más productos artesanales: los mexicanos o los extranjeros?
–Es igual porque los mexicanos compran objetos menos costosos, pero con mayor utilidad. Un mexicano compra más una cacerola, un cazo, un sartén porque lo van a ocupar; un extranjero compra objetos para adornar.
Estamos en un mundo globalizado en el que cada día el poder de las grandes corporaciones aumenta. Vemos productos artesanales, de hecho, en tiendas como Liverpool...
–No cualquier persona va a poder hacer esto, ni cualquier transnacional tampoco, porque no tiene lo básico. Lo importante ahora es el desarrollo tecnológico-mercantilista, pero se necesita práctica y gusto para hacerlo, además de destreza y habilidad; mucha destreza mental a través de la práctica. Sólo en el pueblo de donde yo soy, Santa María del Cobre, se adquiere todo este conocimiento; en ningún otro país se hace de esta forma. Precisamente ayer vinieron unos españoles, y me dijeron que allá también se trabaja el cobre, pero de una forma muy burda y sencilla... aunque también su tradición por trabajarlo es antiquísima. Han venido chilenos, y también trabajan el cobre... pero todo muy simple.
–Sin embargo, por cualquier razón que sea, por la publicidad, etcétera, muchos mexicanos sí van a comprar artesanías a ese tipo de tiendas... prefieren comprar productos importados que a veces hasta traen la etiqueta "hecho en China". ¿Cómo lidian los artesanos ante esta situación?
–La única forma es crear piezas únicas, que no se encuentran en ningún otro lado del mundo... como las que estás viendo. Te decía que para hacer una pieza ideada no hay herramientas, y se necesita un martillo especial para dar esa forma circular –tomó una vasija completamente curva con forma de torso humano–; son herramientas muy especiales, te repito.
–En este sentido, ¿por qué son importantes las artesanías mexicanas?
–Porque ahorita todo está hecho en máquinas, mediante procedimiento tecnológico. Hay productos hechos en serie y se venden como artesanales. La técnica del martillado es muy primitiva, muy a mano... ellos usan herramientas sofisticadas. Ahí va una emoción y una expresión humana, estas piezas van más hechas con el sentimiento: ahí difieren las dos. La gente capta la emotividad de la pieza.
–Por último, don Pedro, me gustaría saber por qué es importante ir a mercados artesanales y comprar artesanías, ya sea venir a la Ciudadela o ir a cualquier otro mercado artesanal.
–Hay mucha diversidad de piezas artesanales. El comprar productos artesanales –reafirmó– ayuda a la creación de más ejemplares, y así se ayuda a que sigan existiendo tales representaciones mexicanas. Esencialmente es eso.
Agradecí a don Pedro, por haberme transmitido todo ese amor y pasión que siente por su trabajo, y que, sin duda alguna, transmite a las personas mediante las artesanías, por compartir su experiencia en el ámbito de los productos mexicanos hechos para continuar una tradición completamente milenaria.

Ya soy tu fan :)
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