Los pintores parecen no encajar en ningún lado. De entrada, los
políticos los echan de la calle, el medio más eficaz para vender su arte. La
gente los desdeña, pues prefiere comprar imitaciones en lugar de obras
originales. Y por si fuera poco, los maestros del pincel, como tantos
mexicanos, son forzados a dejar el país en búsqueda de condiciones poco más
favorables de las que aquí encuentran.
Por otro lado, los avances tecnológicos parecen agraviar la situación,
ya que formamos parte de una sociedad más interesada en adquirir dispositivos
electrónicos que por acercarse al arte, la pintura y al conocimiento en
general. Así es como la sociedad entra en una enajenante burbuja material que
dificulta el pleno desarrollo de las pinceladas mexicanas.
Kim Young sun, Indígena.
La enajenación tecnológica
Mujeres charlando, jaguares y un mosaico de la Venus del Milo visten el
taller de pintura de Pascual Granda Ávila, profesor en la Academia de San
Carlos, desde donde atribuye a los avances tecnológicos parte del desdén
mexicano hacia la pintura.
“El que nos haya alcanzado la tecnología nos ha vuelto más dependientes.
Ahora todo te lo hace una computadora, hasta un cuadro. Hay programas en
Inglaterra, en Holanda, donde pueden reproducir cualquier obra de arte, y
pueden simular inclusive la pincelada con robots que están computarizados.
Entonces, la parte humana, la sensible, se está perdiendo”.
A sus espaldas posa la virgen de Guadalupe. Combinados, el azul
celeste del cielo y el verde vivo de su manto juegan a realzar el marrón
de su piel. Hay personas que le han preguntado acerca del precio de la obra,
cuyo valor es de dos mil pesos, pero, inconformes, afirman haberlo visto en otros
lugares a sólo doscientos pesos, sin fijarse en el proceso manual de su
elaboración, o que las otras sean reproducciones digitales.
La situación se agravia en ese contexto, ya que ni la
sociedad ni los pintores quieren tomar la pintura como un estilo de vida; prostituirla se vuelve la salida más fácil. La gente ignora el arte, los
artistas cambian el rumbo de su estilo y crean productos mercantilistas sin
ninguna significación trascendente. Es un estado de enajenación tecnológica que
repercute en el desarrollo cultural de todo el país: mientras más nos faciliten
la vida, menos nos interesaremos por informarnos de lo que acontece a nuestro
alrededor.
Es la mañana de cualquier miércoles en la Ciudad de México. El calor se
mezcla con el smog y el tráfico vehicular. Voy hacia la clase del pintor y
grabador de San Carlos, Guillermo Getino, en la Casa Club del Académico en
Ciudad Universitaria.
Las luces se encienden en el auditorio, el blues de B.B. King arde y al
compás de éste los lápices de sus alumnos comienzan a delinear los cuerpos
desnudos de tres chicas que solamente combinan con un diminuto mantel rojo, el
cual lo único que tiene permitido cubrir es la mesa bajo ellas.
Sus discípulos comienzan a plasma a las mujeres desde sus asientos. Ahí cada
uno toma una perspectiva del escenario. Su trabajo es personal. No importa cuál es la técnica aplicada individualmente: de forma geométrica o más
naturalista, transparente o más grisácea.
Pinceladas individualistas
Guillermo Getino explica que la pintura siempre ha sido individualista y
que, a diferencia de la música, en ella el autor piensa en sí mismo. Siempre se
han creado obras pictóricas con fines sociales, si bien el sentido individual
persiste, ya que es el mismo artista quien decide cómo orientar su trabajo, en el pasado adquirió un carácter social por los movimientos que hubo,
pero se ha apagado porque en realidad no le interesa mucho al arte.
Según el pintor, la pintura no tiene como finalidad mirar las problemáticas
sociales por el sendero solitario que sigue, aunque plasmarlos sería
de suma importancia “porque no tienen ninguna otra forma de expresarse; están
totalmente cercados”.
En la actualidad, las nuevas manifestaciones urbanas son creadas con
esténciles y aerosol, donde el proceso es llegar rápidamente al lugar en
que se pintará y colocar la plantilla que moldeará la imagen. Hay pintores que
cambian el nombre de las calles o escriben en los señalamientos frases como “no
circular”, pero son perseguidos por realizar este tipo de manifestaciones.
En un sinfín de palabras, el día continúa. El calor aumenta, la tarde
llega. Mis pasos van encaminados con melodía a La Esmeralda, academia del
Instituto Nacional de la Bellas Artes (INBA) ubicada al sur del Distrito
Federal.
La tarde se vuelve más densa, los colores en las pinturas cada vez más
intensos. El pasillo del área de pintura es aún largo para apreciar la
diversidad de sentimientos e ideologías en la Esmeralda. En un panorama
acaparado por un grupo de aproximadamente diez jóvenes, me encuentro con Kim
Young sun, profesora coreana que ayuda a jóvenes a dominar los pinceles desde
hace tres años.
El análisis de Young sun es que la falta de retratos con contenido
social en nuestro entorno cotidiano es originado por etapas de duración, pues, al igual que en la ropa, en la pintura hay modas. Cada movimiento
artístico tiene su periodo de auge y con el transcurso del tiempo aparece uno
nuevo que lo desplaza para posicionarse como tema principal.
Foto: Facebook / Ivan Villaseñor Castañeda.
En México el tópico en boga es el arte abstracto, que ha tenido predominio por la influencia de Estados Unidos y algunos países europeos, y es que causan efecto en las producciones nacionales porque “ellos tienen el poder, entonces, se copia su moda”. El arte social se ve así desfasado, aunque, afirma, nunca se ha dejado de hacer.
Hay pintores enfocados en realidades que se viven hoy en día,
como el narcotráfico. Algunos alumnos suyos e incluso ella, desde que vive
aquí, han formado parte de ese conjunto; varios han plasmado decapitados,
gente con manos cortadas por la guerra contra el narcotráfico... recreaciones de
imágenes diarias que se viven en el país.
Para la artista la importancia de dar vida a asuntos de este tipo a
través de la pintura consiste en hacer reflexionar a la gente sobre la
situación social que se vive.
Un problema político
Dos aulas después la clase de Iván Villaseñor está en curso también. El
lugar es ataviado por el talento de sus alumnos. Cuando los pincelazos emanados
de una chica que pule el marco de su prístina obra azul con blanco, Villaseñor
se aproxima a la problemática del arte en 2013.
En nuestro país no se le da respeto a los a los artistas, es poca la
inversión en ellos, apunta. El pueblo debe cubrir sus necesidades básicas, pero
también necesita arte y cultura. De acuerdo con Villaseñor, el fondo en México
para invertir en arte es del 0.2%, mientras que en Alemania es del 32%, y es
que en México genera dinero todo menos el arte y la ciencia.
“Se requiere de invertir en becas, en apoyos, que el Estado también
apoye la creatividad como necesidad del creador, pero también de la sociedad
que necesita esparcimiento sano de alto nivel, no sólo básico. Hace falta
educar con amor, creer en el potencial de la juventud para romper ese círculo
vicioso”.
El arte tiene la posibilidad de denunciar situaciones como ésta, pero no
es su fin, sino que es reflejo de su propia sociedad, ya que los artistas no tienen el potencial para cambiar el mundo, mas necesitan de apoyo social,
político, cultural y económico.
Lo mismo opina Liliana Guitrón, artista egresada de La Esmeralda, quien
reafirma que el arte es un abanico de posibilidades, comúnmente truncados por
la omisión del gobierno de culturizar a sus ciudadanos y no invertir capital en
el arte, en parte porque los pintores no pagan impuestos y es más fácil
desalojarlos del lugar en el cual venden su arte: la calle.
Es domingo por la noche. Las luces han invadido la Zona Rosa. Un clima
álgido se ha adueñado bruscamente de la ciudad. Los artistas están por terminar
el último día de los dos que tienen disponibles en ese sitio. Algunos platican
entre ellos, otros dan información a los interesados en su trabajo, y Guitrón
se cubre del frío en una silla; espera que los compradores pregunten por alguno
de sus cuadros.
La calle Génova se ha caracterizado por ser uno de los principales
andadores artísticos de la Ciudad de México. Cuando llega el fin de semana se
tiñe de colores. Varios pintores exhiben en ella sus creaciones con la
finalidad de ofrecerlas comercialmente al público. Pero no siempre fue así.
Hasta hace un par de años, los comerciantes estaban ahí presentes durante
toda la semana, lo cual cambió a partir de que el gobierno del Distrito Federal
decidiera regular el ambulantaje. Aunque Génova es una de las calles
homosexuales más representativas de América Latina, los retratistas ahí
instalados han dejado de forjar el sentir de ese sector: aquí se ha detenido la
creación de esta temática por cuestiones gubernamentales que los obligan a
abandonar su espacio y emigran a lugares donde su éxito como maestros de los
colores tiene mayor futuro.
La perspectiva está llena de colores muy vivos. La pintora maneja los
pinceles al estilo impresionista pop, un movimiento artístico que se basa en
capturar escenas impresionistas con colores intensos, manteniendo influencia de
los años sesenta, aunque modernizado. Enormes pinturas de Londres, Times
Square, donde los pequeños elementos son muy detallados, y de Shakira y Avril
Lavigne le dan un toque especial, pues es la única en toda la calle que trabaja
en este ámbito.
Acceder a la pintura se dificulta, pues considera que es elitista. El
costo promedio de las obras que pone a la vista de todos en el andador va de
los veinte mil a los veinticinco mil pesos, sin embargo, ella ha decidido
otorgarlos en cinco mil pesos aproximadamente.
“Yo estoy en la calle porque quiero difundir la cultura con
precios a nivel del pueblo. Pensamos que dar precios bajos dentro de la
pintura ayuda a llevar educación a toda la gente, y yo también sobrevivo. De
esta manera hay una ayuda mutua con el pueblo, porque vivimos siempre al cien
por ciento de esta carrera que tenemos… nos ayuda muchísimo porque tenemos
familia”.
Su idea es vulnerable ante el momento que se viven en la ciudad: el
gobierno del Distrito Federal empezó a quitar a los comerciantes informales en
Coyoacán y Álvaro Obregón, sin importar que sean artistas y no vendedores de tianguis. En Coyoacán los engañaron esgrimiendo el argumento de remodelar el
parque donde las exponían al público, localizado en frente de un mercado en el
que siempre vivieron indigentes. También los desplazó del camellón Álvaro
Obregón.
Guitrón relata que la exdirigente de comerciantes populares, quien ahora
funge como diputada priista, Alejandra Barrios,
les arrebató a la fuerza el área que ocupaban para vender sus obras en el
corredor artístico de esa delegación únicamente porque “a la señora le gustó”.
En la querella hubo granaderos que intentaron golpear a sus compañeros, pero el
coordinador del grupo rechazó entrar en cualquier tipo de acto violento.
A partir de entonces comenzaron las negociaciones con los delegados de
Álvaro Obregón para recuperar el punto perdido. En suma, desde la calle
Frontera hasta llegar a Insurgentes, el corredor se llenó de dos tianguis que
ensuciaban tal territorio, por lo cual los colonos demostraron su aversión a la obstrucción del paso a los coches particulares de los mismos. Ante
esta situación los dirigentes políticos permanecieron inmóviles.
Los residentes de la colonia Roma, quienes afirman que nunca habían
estado en contra del corredor cultural, sino del tianguis, se han movilizado y
han estado recolectando firmas para exigir su regreso. El resultado que trajo
no haber discernido entre el corredor cultural y el tianguis es la perdida de
trabajo que para ellos representa. Como ha podido el grupo de pintores
independientes sigue luchando para regresar al corredor de la delegación Álvaro
Obregón.
Condiciones similares viven en Génova, de donde la ha querido echar y
donde los artistas no han tenido más remedio que huir a otros lugares en
búsqueda de mayor facilidad de ofrecer sus creaciones y ganarse el sustento del
día a día, debido a la falta de un documento que estipule la aprobación para
comercializar en ese espacio. Lo incongruente se deja ver cuando las
autoridades piden un documento que no expiden físicamente a los vendedores.
Kim Young sun, Elote y Papas.
Kim Young sun, Elote y Papas.
La pintura que actualmente se produce en el país la tiene difícil en
todo sentido: se topa con altas barreras erigidas desde el nivel escolar
básico, y por el desprecio de personas que prefieren consumir tecnología que
obras artísticas nacionales. La uniformidad perpetúa la distancia entre México
y el arte.
Los expertos coinciden que, más allá de su carácter individualista, es difícil impulsar el arte en un contexto de indiferencia y descuido provenientes de distintos puntos de la sociedad. El círculo vicioso que engloba la apatía de los mexicanos hacia la pintura, su indiferencia hacia el conocimiento cultural amortiguado en las nuevas tecnologías, además de la escasa apuesta del Estado al crecimiento artístico de su población, debe romperse para englobar una sociedad interesada por su propio bienestar humanístico.
El problema viene desde la educación preescolar, cuando se comienza a
carecer de una formación cultural y el aprendizaje sólo se limita a
conocimientos duros, pero no se otorga la importancia requerida al arte, no hay
materias plásticas para ellos, lo cual les ayudaría a formarlos como personas,
más allá de profesionistas. Pero en una sociedad indiferente de su entorno, lo
más cómodo es hacerse a la idea de que ser pintor equivale a llevar una vida de
drogadicción o que su destino inamovible será nadar de hambre en el fracaso; lo
más fácil es la lejanía de los mexicanos y la pintura, a total... “¡eso para qué
sirve!”.








